Toulouse

DSC00020¿Puede haber una ciudad en composé? Créeme que sí, se llama Toulouse y hace honor al degradé del rosa al bordó o del beige al terracota. En las mañanas que estuve allí, siguiendo esos colores llegué hasta la Iglesia de los Jacobinos, en donde la austeridad es sinónimo de soberbia. La blancura, apenas invadida por las nervaduras coloreadas que llegan hasta lo alto imitando palmeras caribeñas, es sobrecogedora. En el medio de la amplitud descansan en un tono amarillo los restos de Santo Tomas de Aquino casi sin compañía de ornamentos. La posibilidad de mirar hacia arriba sin aburrirse es de un mérito sustancial. Es cierto que la religión le ha cedido su espacio de adoración al arte y como buena ciudadana del siglo XXI salí con la complicidad feliz de haber estado allí. Entonces, en mi ultima mirada externa sobre esa rareza del lenguaje arquitectónico languedociano, como no supe a quien agradecer el haber estado ahí, me aseguré que mi teléfono y mi billetera siguieran en mi cartera como prueba de mi gratitud a ese capitalismo individual. Miré al cielo sin ver nada mas que nubarrones, los que me sugirieron volver con el paraguas sobre mi cabeza. El color gris se incorporó a los rosas previos y continuó así hasta la hora del té.

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Cagliari

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Vuelo al sur, voy a la isla de Cerdeña para confundirme con los sardos. Busco la última ropa limpia de la valija y el sombrero de ala ancha. Añoro el viento de mar que desordena mi pelo y no tanto ansío el sol que mancha mi piel. Pero lo que más busco es el fraseo de su idioma y sentirme otra persona en ese balbuceo. Existe ese alguien que sabrá que sucederá en cada sitio que visitamos?; o será cierto que somos, en parte, dueños de ese azar. Llego y hay silencio de mar. Espero, pero hay más silencio, entonces busco el ruido de la ciudad. En la ruta que costea el mar se muestran orgullosas las santas ritas copiosas, coloridas y sus casas de veraneo privilegiadas. Sucede, luego entiendo, que la ciudad está construida sobre colinas, lo que me lleva a una maratón risueña de subidas y bajadas sinuosas y precipitadas que otorga el mejor ejercicio que cualquier gimnasio de moda daría. Paseo por la avenida Carlo Felice y los jacarandaes me recuerdan a Buenos Aires. La avenida termina en el centro de la ciudad, justo en la Piazza Yenne, el que sería unos días más tarde el punto de encuentro con Paolo. El ambiente de relajado verano me sugirió hacer una actividad de fotografía compartida. Resulté ingenuamente dar con un experto. Luego de su encuentro, no logré distinguir el momento por el cual pasé de la incertidumbre de saber quien era, a la cercanía con un chico italiano. Caminamos hacia el barrio del Castillo entre medio de mis preguntas tontas y su evidente amabilidad. En un repetido flash observé su pasión por dicho arte. Poco a poco me prestó sus ojos para tomar las fotos que jamás hubiera descubierto por mi cuenta, pero por sobre todo, tomé por prestado su mirada fresca sobre mí, cuando me tomó unas fotos y yo lo admiré. Otra mirada sobre esa chica un tanto rara, que viaja sola, sobre esa mujer que también puede olvidar su timidez por un rato y disfrutar conversar en mangas cortas, con la cámara entre sus manos y con el mar de lejos, en el interludio en donde el sol desaparece también, en cualquier lugar del mundo. 

Bajé ya sola, con un paso despreocupado a pesar de las incipientes gotas de lluvia y desde aquel momento toda imagen se volvió una foto para mi, la lluvia sobre el farol de la calle, la vela encendida en la mesa del restaurante, las últimas parejas caminando por la Vía Giuseppe Garibaldi, la puerta de mi hotel. No pude más que llorar, eso siempre me pasa cuando la felicidad y la nostalgia no me entran en el cuerpo. 

Salzburgo

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El pequeño violín expuesto junto a su mechón de pelo, sus partituras, sus elementos de viaje, las fotos y cartas a su esposa, los restos que se generan en la vida desparramados coordinadamente en lo que fue la casa natal de Wolfgang Amadeus Mozart. Caminar sobre los pasos del genio y tocar con los pies sus ilusiones por crear nuevos acordes que ni siquiera los años lograron separar la vigencia de su obra. Los recuerdos hacen reverencia a ese creador único. Somos tantos los que pasamos por la vida sin trascendencia alguna, así como los miles de turistas que visitan la casa en Getreidegasse número 9 cada día. Hoy estamos ávidos de ser protagonistas en nuestra efímera contemporaneidad, al contrario de muchos personajes de la historia que obtuvieron su reconocimiento siglos después.

Salgo de la casa y cruzo los jardines del Mirabell y aún sin los auriculares puestos, las melodías de sus sonatas se conservan en mis oídos. Entonces, entiendo quién le dio la mejor “salz” de la vida a este burgo.

 

Verona

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Una melodía me acompañó “in crescendo” durante mi viaje e hizo explosión en Verona, donde también estalló mi corazón hacia la ciudad. Quizás, opacada por Venecia las guías de turismo solo le dedican un día, proponiendo de visita obligada la casa de la legendaria Julieta. Nadie debería respetar esos inexpertos consejos de viajes ya que Verona no necesita que le mezquines tus días. Porque luego de pasear por la Piazza dei Signore, la Piazza delle Erbe, la Arena, la Torre dei Lamberti, el Castelvecchio, los puentes de Piedra y del Castello que anillan el meandro del río Adigio, aún te quedará por recorrer su calles de mármol llenas de glamour así como las callejuelas internas que apenas son perturbadas por algún automóvil de alta gama. Shakespeare eligió, por alguna mágica razón, este escenario para su mayor tragedia de amor, yo apenas opté por levantar el volumen de la melodía que venía escuchando del trío de Axel, Jorge y Lena y me puse a bailar mientras armaba mi valija para el día siguiente, que cruzaría en tren los Alpes por el paso Trentino. 

Cinque Terre

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Hace unos años atrás, por cinco días seguidos salió mi tren desde La Spezia con destino a las cinco tierras: Monterosso al mare, Vernazza, Riomaggiore, Manarola y Corniglia. En cada tierra caminé, tomé sol, disfruté del mar, compré souvenirs y degusté sus platos. Cada día se proyectó en un paisaje distinto dentro de una tierra parecida, llena de sol en sus senderos y llena de luz en sus casas coloridas. Ese viaje diario me auguró dejar atrás un matrimonio fallido, una rutina desteñida y un recuerdo a punto de morir. El futuro, imposible de predecir a esa altura, recién empezaba a surgir.

Diez años después, la postal que enmarqué de la cinco tierras con el sol justo arriba en las montañas, nos ayudó a cambiar de conversación en el último momento en que las relaciones se terminan sin muchas explicaciones. Su nombre era Ezequiel y permaneció mucho más tiempo en mi corazón que esa noche, al igual que los cinco días nelle Cinque Terre.

 

 

 

 

 

 

Madrid

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Minutos después del anuncio de mi vuelo a Madrid, sentí que no solo mi cuerpo recobraba el alma, sino que mi sonrisa volvía a su lugar. Yo no podía intuir que huellas habían dejado en mi rostro dos días de malestar estomacal, comidas y remedios improvisados, seis días sin sol y cinco horas de espera en el Aeropuerto de Gatwick, sin embargo, pude observar que muchos pasajeros estaban igualmente cansados. Compartí mi sensación con un señor de aproximadamente sesenta años que se había sentado al lado mío en la sala y con quien a través de una charla olvidé el proceso de embarque. Cuando dos personas desconocidas se presentan, en general empiezan por identificarse a través de su nacionalidad y hablan de las características globales de cada país incluyendo el porvenir político y económico, pero si la charla va en progreso, queremos saber mucho más que su país de origen: en que barrio vivirá?, con quién?, porque viaja?, de qué trabaja?, qué es?, con quién cenará esta noche?, cual será su historia. Yo no pude llegar tan lejos, no obstante dado que su amabilidad se traslucía a simple vista,  le pregunté cual sería un buen plan para mi último día en Madrid. El señor, precavidamente me pidió una referencia de mis gustos y basándose en mi placer por el arte me sugirió visitar la muestra del Bosco en el Museo del Prado. Yo le sonreí, haciendo uso del gesto que había recuperado recientemente y le extendí mi mano en muestra de agradecimiento, la cual aceptó cortésmente.

Al otro día, el sol de Madrid no se olvidó de esperarme y si bien el plan de visitar la muestra del Bosco quedó fallido por las largas filas, el Museo Thyssen se presentó como una excelente alternativa. La colección soberbia del museo me asignó la ansiedad y premura que suelo tener frente a las obras de arte. A veces me pregunto que adoro tanto de los museos y siempre llego a la conclusión que, como la vida misma no hay nada más apasionante que disfrutarla en el plano real.

Bordeaux

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Los viajes a un lugar son como la vida misma, cuando conoces cada rincón, te tienes que ir, porque si te quedaras ya no tendrías nada nuevo por ver. Claro que esta afirmación es válida en el caso que la intención de viaje sea la sorpresa por lo nuevo, de lo contrario tendríamos que preguntarnos que tanto quisiéramos ser eternos. Lo que es seguro, es que Burdeos me sorprendió gratamente. En forma sutil la ciudad me fue mostrando sus secretos: en su calles de otros siglos, en las casas mas o menos altas, en las iglesias mas o menos ornamentadas, en los balcones mas o menos enrejados, en cada puerta conservada de la vieja muralla medieval, en cada luz que le otorga esa piedra que nació en la región. Todos estos sitios son admirables hasta que quedan en otro plano al llegar a la Place de la Comédie y ver el Gran Théatre o llegar a la Place de la Bourse e imaginarse el Puerto de la Luna. Víctor Hugo dijo que si tomáramos Versalles y le añadiríamos Amberes, tendríamos Burdeos. Y porque la ciudad es un palacio, uno puede ser una princesa o un rey y deambular en sus estancias y en un ritmo sosegado encontrar el Passage Sagret y desembocar en la Iglesia de Notre Dame sin planearlo.

Sin embargo, hay una visita con el vino que si planeé y es la exposición imperdible en el moderno edificio de la Cité du Vin cerca del Barrio de Chartrons.